La misión dela Iglesia es continuar la misión de Jesús: anunciar el reino de Dios y hacerlo presente en la vida de las personas. Por ello, la Iglesia trabaja para que el mundo sea cada vez más parecido a como Dios desea.
Todos los seres humanos, creyentes o no, deben estar comprometidos en la construcción de un mundo más justo y humano, donde la diversidad no sea motivo de conflicto sino de enriquecimiento mutuo.
Así, muchas religiones, a pesar de sus diferencias, tienen en común la preocupación por el pobre, el necesitado, el huérfano y el desvalido. La fe, y en especial de aquellas religiones que creen en un Dios único, bueno y justo, anima a los creyentes del mundo a colaborar más estrechamente en la lucha contra la injusticia y la desigualdad.
La búsqueda del bien común supone levar a cabo acciones a favor de los demás, anteponiendo las necesidades de toda la sociedad a los intereses particulares. Este es el único camino para crear un mundo justo, igualitario y equitativo.
Benedicto XVI, en su encíclica Caritas in veritate, recordaba que los criterios morales orientadores para el desarrollo de una sociedad en vías de globalización son la justicia y el bien común.
AMAR Y TRANSFORMAR EL MUNDO
El cristiano vive inmerso en el mundo y no es indiferente a la cara y a la cruz de la realidad. Una mirada honrada sobre la socidad descubre razones para el agradecimiento y la esperanza y, a la vez, motivos de preocupación que le llaman a transformar el mundo. No vivimos en el mejor de los mundos posibles y nuestra tarea es trabajar para ir construyendo un planeta más humano y más justo.
Mediante su trabajo, el ser humano continúa la obra creadora de Dios y muestra su amor hacia el mundo. Pero será más exacto decir que, por medio del ser humano, es el mismo Dios quien "sigue todavía trabajando". (Jn 5, 17).


